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viernes, 27 de junio de 2008

Los sueños del sapo (Javier Villafañe)

Una tarde un sapo dijo:
–Esta noche voy a soñar que soy árbol. Y dando saltos, llegó a la puerta de su cueva. Era feliz; iba a ser árbol esa noche.
Todavía andaba el sol girando en la rueda del molino.
Estuvo un largo rato mirando el cielo. Después bajó a la cueva, cerró los ojos y se quedó dormido.
Esa noche el sapo soñó que era árbol. A la mañana siguiente contó su sueño. Más de cien sapos lo escuchaban.
–Anoche fui árbol –dijo–, un álamo. Estaba cerca de unos paraísos. Tenía nidos. Tenía raíces hondas y muchos brazos como alas, pero no podía volar. Era untronco delgado y alto que subía. Creí que caminaba, pero era el otoño llevándome las hojas. Creí que lloraba, pero era la lluvia. Siempre estaba en el mismo sitio, subiendo, con las raíces sedientas y profundas. No me gustó ser árbol.
El sapo se fue, llegó a la huerta y se quedó descansando debajo de una hoja de acelga. Esa tarde el sapo dijo:
–Esta noche voy a soñar que soy río.
Al día siguiente contó su sueño. Más de doscientos sapos formaron rueda para oírlo.
–Fui río anoche –dijo–. A ambos lados, lejos, tenía las riberas. No podía escucharme. Iba llevando barcos. Los llevaba y los traía. Eran siempre los mismos pañuelos en el puerto. La misma prisa por partir, la misma prisa por llegar. Descubrí que los barcos llevan a los que se quedan. Descubrí también que el río es agua que está quieta, es la espuma que anda; y que el río está siempre callado, es un largo silencio que busca las orillas, la tierra, para descansar. Su música cabe en las manos de un niño; sube y baja por las espirales de un caracol. Fue una lástima. No vi una sola sirena; siempre vi peces, nada más que peces. No me gustó ser río.
Y el sapo se fue. Volvió a la huerta y descansó entre cuatro palitos que señalaban los límites del perejil. Esa tarde el sapo dijo:–Esta noche voy a soñar que soy caballo.
Y al día siguiente contó su sueño. Más de trescientos sapos lo escucharon. Algunos vinieron desde muy lejos para oírlo.
–Fui caballo anoche –dijo–. Un hermoso caballo.
Tenía riendas. Iba llevando un hombre que huía.
Iba por un camino largo. Crucé un puente, un pantano; toda la pampa bajo el látigo. Oía latir el corazón del hombre que me castigaba. Bebí en un arroyo. Vi mis ojos de caballo en el agua. Me ataron a un poste. Después vi una estrella grande en el cielo; después el sol;
después un pájaro se posó sobre mi lomo. No me gustó ser caballo. Otra noche soñó que era viento. Y al día siguiente dijo:–No me gustó ser viento.
Soñó que era luciérnaga, y dijo al día siguiente: –No me gustó ser luciérnaga. Después soñó que era nube, y dijo: –No me gustó ser nube.
Una mañana los sapos lo vieron muy feliz a la orilla del agua. Otra noche soñó que era viento. Y al día siguiente dijo:
–No me gustó ser viento. Soñó que era luciérnaga, y dijo al día siguiente:
–No me gustó ser luciérnaga. Después soñó que era nube, y dijo:–No me gustó ser nube. Una mañana los sapos lo vieron muy feliz a la orilla del agua.
-¿Por qué estás tan contento? -le preguntaron.
Y el sapo respondió:
-Anoche tuve un sueño maravilloso. Soñe que era sapo.

La joven tejedora (Marina Colassanti)



Despertaba aún en lo oscuro, como si escuchase al sol asomándose en los límites de la noche, y pronto se sentaba a tejer.

Línea clara para empezar el día. Delicado trazo en el color de la luz que iba pasando entre los hilos extendidos, al mismo tiempo que afuera la claridad de la mañana dibujaba el horizonte.

Después lanas más vivas, lanas calientes que iban tejiendo hora a hora una larga alfombra que jamás terminaría.

Si el sol estaba demasiado fuerte y en el jardín caían los pétalos, la joven ponía en la máquina gruesos hilos grises de algodón con mucho fieltro.

Para la sombra de las nubes, elegía un hilo de plata, que en puntadas largas rebordeaba el tejido. Liviana, la lluvia venía a saludar a la ventana.

Pero, si por muchos días el viento y el frío se peleaban con las hojas y ahuyentaban los pájaros, la joven con el solo hecho de tejer con sus bellísimos hilos dorados hacía que el sol volviera a calmar la naturaleza.

Así, jugando con los aparatos de la máquina de tejer de un lado al otro y golpeando los grandes peines del telar para el frente y para atrás, la joven pasaba sus días.

Nada le hacía falta. Cuando tenía hambre tejía un hermoso pez, siempre cuidando las escamas. Y el pez estaba pronto en la mesa listo para comer. Cuando tenía sed, livianita era la lana color de leche que se mezclaba en la moquet. A la noche, después de lanzar el hilo en la oscuridad, dormía tranquila.

Tejer era todo lo que hacía. Tejer era todo lo que tenía ganas de hacer.

Pero, tejiendo y tejiendo, ella misma encontró el tiempo en que se halló sola, y por primera vez pensó lo bueno que sería tener un marido al lado.

No pudo esperar al día siguiente. Con el capricho de la persona que intenta algo desconocido, empezó a entrelazar en la alfombra las lanas y los colores que le brindarían su compañía. Y de a poco su deseo fue surgiendo, sombrero con plumas, rostro con barba, cuerpo erecto, zapatos brillantes. Cuando finalizaba el último hilo de la punta de un zapato golpearon a la puerta.

No fue necesario abrirla. El mozo puso la mano en la tranca, se sacó el sombrero de pluma y pasó a compartir la vida de la joven.

Aquella noche, acostada en el hombro del mozo, la joven pensó en hermosos hijos que tejería para aumentar aún más su felicidad.

Y fue feliz por un rato. Pero si el hombre pensó en hijos, pronto los olvidó. La razón fue que descubrió el poder del telar y no pensó en nada más que no fuera en las cosas que él le podía ofrecer.

-Una casa mejor es necesaria-dijo a la mujer. Le parecía justo, ahora que eran dos. Exigió que eligiera las más bellas lanas como adobes, hilos verdes para los batientes, y con mucha prisa para que la casa existiera.

Lista la casa, pronto la misma no le pareció suficiente.

-¿Por qué razón tener una casa, si se puede tener un palacio?- preguntó. Sin necesidad de respuesta, pronto ordenó que fuera de piedra con terminaciones en plata.

Días y días, semanas y meses trabajó la joven tejiendo techos y puertas y patios y escaleras y salas y pozos. La nieve caía afuera, y ella no tenía tiempo para llamar al sol. La noche llegaba, y ella no tenía tiempo para finalizar el día. Tejía y se ponía triste, mientras sin parar operaba los peines siguiendo el ritmo de la máquina de tejer.

Finalmente, el palacio quedó listo. Y entre tantos salones, el marido eligió para ella y su telar la más alta habitación en la torre.

-Eso es para que nadie sepa de la alfombra, él dijo. Y antes de cerrar la puerta con llave, señaló:- Falta el local para los animales. ¡Y no te olvides de los caballos!

Sin descanso, la mujer tejía los caprichos del marido, llenando el palacio de cosas lujosas, cofres, monedas, salas para los sirvientes. Tejer era todo lo que ella hacía. Tejer era todo lo que tenía ganas de hacer.

Y tejiendo, ella misma ha traído el tiempo en que su tristeza le pareció más grande que el palacio con todos sus tesoros. Y por primera vez pensó cómo sería de bueno si estuviera otra vez sola.

Solamente esperó la noche caer. Se puso de pie mientras el marido dormía con sus sueños de nuevas necesidades. Sin zapatos, para no hacer ruido, montó la larga escalera hasta la torre y se sentó a tejer.

Ahora no fue necesario elegir ningún hilo. Tomó la máquina de tejer de la forma inversa, y jugándola veloz de un lado a otro, empezó a deshacer su tejido. Deshizo los caballos, los carruajes, el patio de los animales, los jardines. Después deshizo las mucamas y el palacio y todas las maravillas que el mismo contenía. Y una vez más se encontró en la casa pequeña y sonrió hacia al jardín por la ventana.

La noche llegaba a su fin cuando el marido se despertó y no reconoció la cama dura y, sorprendido dio una mirada a su alrededor. No tuvo tiempo de salir de la cama cuando ella terminaba de deshacer el diseño oscuro de los zapatos, y él vio sus pies desaparecer, así como las piernas. Rápido, la nada subió a su cuerpo, tomó su pecho y su sombrero de plumas.

Entonces, como si escuchara la llegada del sol, la joven eligió un hilo claro. Y lo fue pasando despacio entre los hilos, sencillo rayo de luz, que la mañana reprodujo en la línea del horizonte.

La jaula (Javier Villafañe)



Nació con cara de pájaro. Tenía ojos de pájaro, nariz de pájaro. la madre, cuando salió del hospital, la envolvió en una manta y le cubrió el rostro.

- ¿Nena? –le preguntaban las vecinas.

- Sí, nena –respondía la madre.

Y mostraba a la recién nacida envuelta en una manta desde la cabeza hasta las rodillas. Sólo se veían las piernas y unos escarpines color rosa.

- Que Dios se la guarde, señora.

- Gracias.

Cuando la niña fue a la escuela, las compañeras la llamaron La garza. Una vez, en un recreo, le dijeron:

- Volá.

Y ella lloró.

Nació con cara de pájaro. Tenía ojos de pájaro, nariz de pájaro. La madre, cuando salió del hospital, lo envolvió en una manta y le cubrió el rostro.

- Que Dios se lo guarde, señora.
- Gracias.

Cuando el niño fue a la escuela, los compañeros lo llamaron El cuervo. Una vez, en un recreo, le dijeron:

- Volá.

El apretó los puños y lloró.

Ni ella ni él volvieron a mirarse en un espejo. Se miraban en la pared cuando tenían que peinarse.

Ella no salía de su casa. Le ayudaba a coser a su madre.

El no salía de su casa. Le ayudaba a hacer el pan a su padre.

Una vez, ella fue a un baile de Carnaval disfrazada de Colombina. Llevaba zapatos de raso y una antifaz blanco. El fue al mismo baile disfrazado de Pierrot. Llevaba zapatos de charol y un antifaz negro.

Pierrot bailó con Colombina. Colombina sintió la mano de Pierrot que le acariciaba el cuello. Pierrot sintió la mano de Colombina que le apretaba la mano. Colombina y Pierrot salieron del baile tomados del brazo. Una pared los detuvo. Ninguno de los dos se animaba a quitarse el antifaz. Oían la música de la orquesta. Se acariciaban las manos. Ella fue más valiente; se sacó el antifaz y dijo:

- Esta es mi cara.


Él se sacó el antifaz y dijo:


- Esta es mi cara.


Se quedaron mirándose un largo rato y se besaron. Volvieron a ponerse el antifaz y siguieron bailando.

Un mes después se casaron. Nueve meses después tuvieron un hijo.

El llegó a la casa con una jaula.

- ¿Qué es eso? –Preguntó ella.

- La cuna –respondió él.

Ella entró en la jaula con el hijo en brazos. Después entró él y cerró la puerta. Los tres se quedaron en la jaula, y fueron muy felices. Cantaban y se abrazaban con las alas.